Vivía en el barrio Las Flores, un lugar muy alegre hasta
que él llegó. Mi compañero se llamaba Toby y todos los días íbamos juntos al
parque a jugar. Fue una mañana que al volver de la escuela, él ya no estaba,
entonces me dirigí al parque y note que no solo Toby faltaba, sino que mis
vecinos estaban en la misma situación que yo. Todas las sospechas caían en él,
entonces un día logré entrar a su casa. Y sucedió lo que nadie esperaba.
Estaba jugando a la pelota en la calle, cuando en un
descuido se me va al patio del vecino. Entonces decidí tocar la puerta de su
casa. Un hombre grande y antipático me atendió, le expliqué la situación y me
invito a pasar. Mientras él buscaba mi pelota noté algo extraño en una de las
puertas, no pude resistirme a abrirla, y me
encontré con las respuestas a todas mis dudas. Estaba oscuro y frio, el
silencio era absoluto, los escalones infinitos. Al llegar al final de la escalera
me encontré con una imagen que nunca voy a olvidar, todos los perros del barrio
estaban allí, sin vida, con sus miradas quietas. Me desesperé y corrí hacia
arriba. En la puerta me estaba esperando el viejo, lo empuje y salí de allí
inmediatamente a contarle a todos. El vecindario se reunió para escucharme,
ellos querían llamar a la policía pero yo no podía soportar el dolor, entonces
decidí vengarme mientras todos estaban a la espera. Recogí un hacha que había
en mi patio y regrese a su casa. Mis manos me transpiraban y el corazón no
paraba de latirme fuertemente, pero la bronca y la tristeza eran más fuertes.
Me animé a hacerlo y una vez terminado agarré mi perro y lo llevé conmigo. No
podía quedarme en ese lugar, armé mi bolso y juntos partimos sin destino
alguno. Ahora el va a estar siempre a mi lado, descansando junto con sus
amigos.
Nunca nadie supo como encontraron al viejo muerto, ni
tuvieron rastros de mí.
Por Aldana y Agostina.
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